Gotas de agua se empujan impulsivas
desde un cielo amurallado.
Caen silenciosas,
caen decididas,
luchan por encontrar un nuevo hogar.
Allí se amontonan entre las grietas
del pavimento viejo de las carreteras
y ansían ser arrastradas por una rueda
subiendo y bajando y parar y alcanzar
el punto álgido de la guerra.
Todas con el semblante inaccesible
palpando las apagadas ventanas cerradas,
rezando por seguir siendo
tras el calor de nuevos tiempos
atrincherados bajo la alfombra.
Cobran vida las ganas de ser eterno:
gotas de lluvia nerviosas
haciendo el amor y haciendo
gigantes.
Gotas de amor reflejadas
en sus propias esperanzas largas.
La misma identidad en diferentes
cuerpos que se deslizan hacia el desdén.
Se anega la revolución individualista
y comienza la insignificancia embotellada.
Vivir para ser lágrimas del cielo
disipadas, el ansia de ser de un color
más opaco, de ser el cuerpo que atrape
la ilusión intrusa de un hombre que
camina solo por la calle.
Ser yo, esa gota de agua,
fútil y minúscula gota de agua
entre tantos otros despreciables lamentos.
Triste ejército,
pequeñas existencias que gimen:
no corran más.
El negro sol abre sus ojos
mientras los sueños reposan.
Solo vapor, humo,
vacío.