lunes, 14 de abril de 2014

El monstruo de mi reflejo


Espejos.

Espejos y sus reflejos.
Sus reflejos, que son crueles,
que me hunden
como un barco.

¿Cómo te muestra tu espejo?
¿Te mata con tu figura
tan mediocre como el resto?
¿Te absorbe tus fantasías?,
¿te obliga a ser otro tú?

Espejos.

Espejos y sus palabras.
¿Por qué me grita ¡cobarde!
cuando mis ojos son eco?
Porque me insulta,
lo juro,
me ve oscura, transparente.
Me asusta,
lo prometo,
sentir mi cuerpo en su imagen
que me degrada y marchita.

Espejos.

Espejos sin compasión.
¡Que te alejes!
No me rompas como al sol,
no me hagas no ser yo.
No me duelas,
ni me arañes
como si el mundo girase
pero sin mi dirección.


Espejos.

Espejos y sus llantos.
Los escucho cada noche,
lo aseguro.
En cuanto la luna alumbra
sus ojos se vuelven agua,
se vuelven ríos de odio
que recorren sus mejillas
como una caricia inversa.

Espejos.

Espejos y mi cabeza.
Porque ahora somos uno
en este estúpido juego
en el que él me dicta normas
con un as en cada espera,
y yo cumplo su castigo,
sin más cartas

que mi voz.

Paula

lunes, 7 de abril de 2014

Nunca es mi día


Hoy, como de costumbre, nunca es mi día.

Porque la soledad me come y me transforma en esto:  un ser loco por un cuerpo que solo sabe vaciar su alma a cada paso. 
Así, cada día menos cuerda. Estoy perdida en esta mierda. En este mundo que no me ve porque no quiere hacerlo. Al igual que unos ojos verdes, que un día asesinaron  y hoy se cuelan en mis noches.  Exactamente idéntico a los del extraño que ahora me muerde con sus versos, con su poesía rota y su mirada de vapor. Casi, casi igual a cada palabra de sus labios que prefiere ser cantada para otras cuatro Julietas.

Nunca ser suficiente, a veces, consume. Apaga. Araña. Mata.

Idéntico a perder el norte por el son de sus zapatos, por un sur que jamás baila. 
Casi, casi parecido al sueño de ser un sueño que se asome por tu almohada, mientras miras otros ojos, borracho, inconsciente, en el alféizar de tu ventana.  
Porque en tormenta soy rayo, de esos de imagen fugaz pero sonido atronador más a tus ojos soy una maldita –y constante- sombra, de esas que joden cada precioso día de estío.  
Y no pido que me escribas, ni siquiera que me pienses, ni un vals, ni tu olor sobre mi ropa. 
Tampoco una noche en vela, ni tres canciones de insomnio. 


Solo exijo que escuches estos ojos, 
que solo saben morir.