Las llamas de la chimenea empezaban a morir lentamente entre las cenizas. La luz, cada vez más tenue, causaba somnolencia entre los pequeños de la casa. La luna me decía que la media noche acababa de penetrar en el diminuto pueblo en el que vivíamos, indicando que era hora de irse a la cama. Acompañé hasta el dormitorio a mis dos nietos, llevándoles de la mano y les arropé cuidadosamente, quise agacharme y darles un beso pero mi espalda ya no es lo que era antes, tuve que conformarme con un “hasta mañana, pequeños. Descansad”. Así pues, con el cansancio de todo el día acumulado en mis extremidades me dispuse a salir y justo antes de tocar el pomo de la puerta, una vocecilla resonó a mis espaldas:
- Abuelo – me giré y vi cómo el menor de mis nietos se levantaba para cogerme de la mano y llevarme hasta su cama.
- ¡Queremos escuchar una de tus historias antes de que sea mañana! -dijeron al unísono. No pude evitar esbozar una sonrisa.
- Ya es tarde niños, y vuestra madre...
- Por favor abuelo, por favor, por favor- me entrecortaron.
- Está bien- afirmé con cierto tono de resignación, aunque la verdad era que no había nada que me gustase más que narrarles mis historias como si fueran grandes hazañas de héroes del momento.
Sus miradas se fijaron en mi rostro esperando el comienzo del cuento de esta noche, y por ello, comencé a hablar:
- La historia que os voy a contar hoy niños, es especial, mágica, de esas que solamente ocurren una vez en la vida y nunca podrás sacar de tu memoria. Andaba ya el sol escondiéndose entre las montañas aquel 25 de marzo de 1953, fue un día duro de trabajo y el tren me esperaba en la estación como todas las tardes. Saludé al conductor con una palmadita en la espalda y me acomodé en mi habitual asiento. El cielo se veía espectacular desde la ventana de aquel montón de chatarra humeante en el que iba montado. Poco a poco mis ojos se fueron cerrando hasta quedar dentro del sueño más profundo que nunca pude tener. Y atender a lo que pasó a continuación, que ahora viene la parte interesante. -Los niños carcajearon.
- Un fuerte frenazo hizo abrir mis ojos de golpe. Anonadado y en cierto modo mareado miré hacia mi alrededor. El cielo anaranjado estaba ahora pintando de un negro intenso, y la luna llena estaba iluminando la comarca como de costumbre, lo único que no cuadraba era que la estaba observando desde el vagón del viejo tren, quizás seis o siete paradas después de la que me debería de haber bajado. Los nervios inundaron mi cerebro y lo único que se me ocurrió hacer fue recoger mi maletín de cuero y salir corriendo hacia la puerta. Iba tan rápido que no diferenciaba ni los rostros de la gente, cuando de repente, choqué con alguien. En ese momento todas las hojas archivadas en mi maleta salieron disparadas al igual que mis viejas gafas de culo de botella. “Lo siento mucho” pude escuchar entre tanto estruendo. Noté como alguien colocaba mis anteojos sobre mi nariz. Y entonces la vi. Era la mujer más guapa que nunca hubiera imaginado ni en sueños. Ojos verdes, grandes, sinceros se clavaron en los míos como dos astas de jade. Me quedé inmovilizado durante unos cuantos segundos. Ella amablemente recogió todo el papeleo que andaba por el suelo y me lo cedió. Cada gesto suyo me parecía realizado por un ángel. Me ayudó a levantarme y nos sentamos en unas butacas. Me sentía como si yo fuese la cenicienta y ella fuese mi príncipe- dije riendo. - Nos presentamos y hablamos durante horas, las mejores de toda mi vida se podría decir. Finalmente el conductor nos hizo bajar en la última parada, ni ella ni yo sabíamos dónde estábamos pero nos daba igual. Dormimos en la playa después de contarnos mil y una batallitas. Fue increíble. Poco a poco y tarde a tarde nos veíamos y charlábamos en aquel vagón lleno de fantasía, donde crecía lo que sentíamos con cada palabra. Decidimos emprender el camino de la vida juntos después de varios meses sintiendo lo que nunca sentimos por otras personas. Fuimos tan felices que vivíamos en una pequeña nube. Pero... - miré mi reloj, el minutero marcaba que era demasiado tarde para estos dos críos.
- ¿Pero, abuelo, qué es lo que pasó? ¿Quién era esa mujer?
- Esa es otra historia y deberá ser contada en otro momento, aunque quizás esa mujer de la que tanto os he hablado os terminará resultando conocida.

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