sábado, 9 de marzo de 2013

EN TIERRA DE NADIE



Un nuevo estallido de bomba abrió mis ojos en otro gélido amanecer de 1915. El miedo se respiraba en la trinchera mientras las nubes amenazaban de lluvia. Mis labios tiritaban, quería creer que de frío. Miré a mi alrededor, quizás era la última ocasión de sentir la presencia de mis queridos compañeros. Mi valentía se esfumaba a medida que se acercaba el momento de que tres acribillantes palabras me atravesaran como balas: “¡Saltad la trinchera!”. 

No quería salir y encontrarme cara a cara con la muerte. Tener que quitarle la vida a una persona que, probablemente como yo, no tenía ni la menor idea de que estaba haciendo allí. Me sorprendí rezando como nunca antes había hecho, suplicándole a Dios que me llevase de vuelta a casa, -en silencio- pidiendo a gritos que un proyectil no me alcanzase. Así entre ruegos y oraciones salí de aquel cobertizo, y me vi solo, desnudo ante miles de cuerpos que buscaban su salvación. Pude ver como otros militares caían, me enfrenté a la mirada de terror y cansancio que dominaba a aquellas vidas que prácticamente habían llegado a su fin. Pude ver sangre, dolor, rifles sin dueño. 


Y al final la supuesta recompensa, de nuevo en la trinchera. 

De nuevo las pesadillas se apoderan de mis sueños que al despertar, como día tras día, se harán realidad.
                                                                             

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