Se abrieron entre chirridos las puertas y entré en el vagón. Todavía recuerdo bien como por aquel entonces el constante y banal murmullo de los demás pasajeros se me hacían insignificantes. Me encantaba aquel lugar en el que mi imaginación volaba a través de los brillantes paisajes que se observaban detrás de la enorme y fría cristalera. El trayecto fue ligero hasta bien pasada la tarde.
Y entonces la noche. Y el frío. Y los sueños sin dueño que buscan acurrucarse en alguna cuerda cabeza.
Y este montón de chatarra que no avanza. La incomprensión y la soledad.
Y al fin el amanecer, el revivir de nuestras almas después de un mal trago para beber.
Sin embargo hoy el sol se ve tímido entre espesas nubes, los pájaros emigran y todavía son las ocho de la mañana y el café cargado no espera sobre mi mesa. Observo atenta desde mi ventana; cada día más tentadora, a cada paso más cruel.
Y al fin el amanecer, el revivir de nuestras almas después de un mal trago para beber.
Sin embargo hoy el sol se ve tímido entre espesas nubes, los pájaros emigran y todavía son las ocho de la mañana y el café cargado no espera sobre mi mesa. Observo atenta desde mi ventana; cada día más tentadora, a cada paso más cruel.
De vez en cuando pienso que habrá una parada que marcará mi camino, que encontraré un compañero de viaje y que viviré de las pocas monedas que me de la poesía. De vez en cuando pienso que no habrá parada, ni camino. Que desaparecerá mi acompañante y mis versos serán cenizas, al igual que mis manos y mi pluma.
Y es que pensar en futuro del indicativo, desde este tren donde cada segundo pesa un gramo más que el anterior, se ha convertido en un vicio.
(*Reflexión obtenida a partir de la lectura de un breve fragmento de 'La elegancia del erizo' de Muriel Barbery*)
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