Me gusta sentarme enfrente de la enorme cristalera y ver como los aviones, cargados de ignorantes que viajan por hacerlo -sin más- despegan. Ponen rumbo, durante un limitado periodo de tiempo, a las nubes, al naranja, azul, violeta, turquesa, gris (en ocasiones) del cielo dormido. Una máquina apestosa jugando a ser un pájaro más.
Me gusta sentarme enfrente de la enorme cristalera y observar el mecanismo de rotación de las ruedas. Como de estar en seco alcanzan la velocidad suficiente para poder levantar toneladas de estúpidos y hacer soñar a un par de ilusos desde un incomodo asiento de segunda clase mientras que otra minoría sueña, en esta ocasión con los ojos cerrados, encharcada en un excelente cocktail de primera categoría.
He de decir que a veces me he identificado con algún fanático de las nubes, de esos que piensan que a través de esa diminuta ventanita el mundo se ve más claro. Y es cierto que la satisfacción que se siente al verlo todo difuminado es gigante.
Me gusta sentarme enfrente de la enorme cristalera y escribirte versos tristes. Rabiosos. Casi siempre absurdos. Ya nadie busca una mente desordenada que viva fundida entre el caos y el arte.
Me encanta sentarme enfrente de la enorme cristalera, cada tarde al atardecer, y esperar a que vuelvas. Para escaparnos de este planeta. Como cuando volamos a marte, o a la luna, entre caricias. Y qué vistas desde nuestra cumbre, ¡ni en el canal de Venecia! Ni siquiera en el mejor poema de Bécquer.
Y esperar a que vuelvas, mientras mi diario llora tinta y mi corazón recuerdos.
Y esperar a que vuelvas, como quien espera al tiempo, a un tren, al destino.
Como quien espera palpar un beso con los ojos abiertos.
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