domingo, 2 de noviembre de 2014

Antónimo de casa: hogar.


Mi casa es ladrillo y cemento. Es pintura, alguna puerta. Más de tres habitaciones y un aseo por planta.
Mi casa son cuadros que sonríen desde paredes en blanco. Música en los altavoces. Las noticias apagadas.
Mi casa es un tejado a dos aguas, escaleras, más de un piso.
Mi casa es donde resido, pero nunca será mi hogar.

Vivo, en realidad, en la quinta avenida de unos ojos que me dejaron sin sueño(s), más concretamente en la tercera planta de un recuerdo que me colocó delante del filo de su balcón para arrojarme al vacío cada febrero enamorado. Desde toda ventana de esta cálida morada se vislumbra allí a lo lejos un paisaje de canciones, y cada día, entre ellas, los mejores instantes iluminan la ciudad para bostezar de noche convirtiéndose en poemas ansiosos de romper muros.
Vivo, por lo tanto, en un n(h)ombre que no me dejó ser suya. Por eso se manchan las estancias de tristeza en fechas determinadas, las que me obligan a verme (sin verte) y duele en cada rincón, pero es abrir las memorias y volver a ser de magia (y ojalás coronando los pájaros de esta cabeza en pleno desenfreno.)
Habito también de vez en cuando en libros sinceros que me resguardan del odio con corbata que recorre nuestras calles. Las palabras son mi manta y los versos la película en los domingos marrones.
En una guitarra fiel que me deja pasearme por sus cuerdas sin farolas, trastearla sin mentiras, afinarla a mis pasiones; me escondo. En una guitarra paz y sol y rojo y cielo. En una guitarra que nace canciones y me expulsa los fantasmas que no me dejan dormir.

Mi hogar no es más que un él
(sin mi),
que un mar
(sin él)
que un sol
-intermitente-
que calienta estas palabras
sin ser jamás un nosotros.

Pero nunca será mi casa.

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