lunes, 1 de abril de 2013

Última melodía.

Me inundaste las pupilas en aquella despedida, fría como ninguna otra. Me tragué mis palabras y el eco de mi voz palideció, construyendo sonidos que ni yo misma entendía. Y esa sonrisa cruel que dibujaba tu rostro serio, ¿qué insinuaba? Me mataba. Lentamente sentía como esos dientes afilados me arrancaban el poco corazón que por entonces me quedaba. Quédate, suplicaba mi cabeza. No le dejes escapar. Pero tus oídos sordos solo escuchaban lo que necesitaban escuchar. Palabras vacías que se transformaban en silencios, acompasados por un corazón que dejaba de latir. Y aun así tú tuviste las últimas notas de nuestra pobre melodía, y le quitaste la ropa. Desnuda. Tus mentiras la dejaron raquítica en el suelo de mi habitación. No obstante, ¿quién fui yo para intentar salvarla? Ni mis lágrimas, ni mi literatura la sanaron, nadie pudo evitar que nuestra melancólica canción terminase en un cerrado do menor sostenido. 


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